Mayores sí, gracias.

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Hablar de fisioterapia en geriatría con corrección y sin pelos en la lengua es hablar de injusticia manifiesta. Parece que solamente aquellos fisioterapeutas que no encuentran otro trabajo mejor o que están empezando su carrera profesional, se dedican a trabajar con personas mayores. ¿Por qué ocurre esto?
Las residencias de mayores y centros de día suelen contratar fisioterapeutas pocas horas a la semana y a menudo ajustándose a imposiciones legislativas y no a criterios de calidad en la atención. Un fisioterapeuta contratado 3-4 horas diarias, en muchos casos va a ser responsable de valorar, reevaluar, establecer objetivos terapéuticos,ABUELO DONKEY KONG.png redactar informes, entrevistarse con familiares, celebrar reuniones de equipo… y realizar la práctica clínica a docenas de personas mayores. En ocasiones existirán restricciones con el espacio de trabajo, ausencia de medios o incompatibilidad con los horarios de otros profesionales y servicios del centro.

Dentro de este contexto surgen cuestiones tales como ¿cuánto tiempo invertimos en valorar a una persona mayor? ¿Tenemos en cuenta informes de otros miembros del equipo, o de otros centros, si existen? ¿Nos reunimoabuela dinosaurios.jpgs con cuidadores principales, familiares o profesionales que nos puedan concretar y aportar la información necesaria? ¿Cómo es el trabajo terapéutico, individual o grupal? ¿Logra el fisioterapeuta colarse en la complejidad, o es mero espectador anecdótico del paso de los días?

Hablando de formación, además de unas estancias clínicas en residencias en las que claman por tener un estudiante que sume un miembro más para sacar adelante el trabajo, no parece existir una línea que profundice en los conocimientos y necesidades habituales y tan específicas de estas personas como la podríamos encontrar en otros campos, como la neuro, suelo pélvico, terapias manuales, fisio respiratoria… ¿No es necesario? ¿Son pacientes que no requieren de un terapeuta con experiencia clínica+formación específica? ¿Son estos pacientes un compendio deABUELOS SIMPSON WII.jpg otras especialidades? ¿Hay pocos pacientes geriátricos y por ello no existe demanda de formación en geriatría? ¿Qué contenidos habrían de constar en una buena especialización? A lo mejor no es necesaria una especialización en personas mayores, o quizás sí.

La costoefectividad se cruza en nuestro camino, es la vara de medir. Esto significa que a los mayores se les atenderá en función de lo que puedan permitirse o en un servicio que pretende la universalidad aunque muestra graves carencias en este sentido. Pregúntenle al bueno de Daniel Callahan, “bioeticista”, que removió las tripas de muchos con su obra “Setting Limits” en la que cuestionaba si era lógico destinar dinero a determinadas personas según su edad y salud.

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Oiga, estábamos hablando de pacientes… ¿y el paciente? Desde el preciado Diagrama de Ishikawa basado en la CIF que Eduardo Fondevila nos regala a los afortunados que seguimos su blog, entiendo al paciente como un apasionante sistema de ecuaciones con muchas incógnitas, algunas excepciones a las reglas habituales, y la imperiosa necesidad de ser resuelto lo antes posible, aquejado por el dolor del que no se siente atractivo ya para nadie.
¿Y esta osadía de comparar las matemáticas y la fisioterapia geriátrica? Al igual que las matemáticas son la base para operar en este mundo infinito, y encierran en demostraciones y reglas la esencia de esa fragancia llamada universo, nuestros mayores albergan en sus historias clínicas y vitales tal cantidad de acontecimientos que si quisiéramos dominarlos y aportar soluciones a todos sus problemas ni el mismísimo Popper daría a vasto con tanta refutación.

Son las personas que más párrafos nos ocuparán al explicar las funciones y estructuras corporales, las actividades y ocupaciones, y qué decir de los factores contextuales. Por ello, se antoja extraño que a nadie le interese demasiado este perfil de paciente tan complejo. El símil taurino, sin duda alguna, sería que los pacientes geriátricos son los “encastes duros”, esas ganaderias que no perdonan el fallo, en las que el toro es muy bravo y no admite apenas florituras. No siempre son lidiadas por las figuras. Desde este post, pretendo reivindicar la figura del fisioterapeuta en geriatrABUELO UP.jpgía, que con poco hace mucho, que se intenta colar en auténticos e inquebrantables sistemas llenos de incógnitas que cuando se saben a punto de ser resueltas, se retranquean y no se dejan aislar. Ese fisioterapeuta que con voluntad y con lo puesto, lidia y hace fisioterapia, hace arte y ciencia, con un paciente tan complicado que es mejor dejarlo por imposible y que cargué con el peso de ser tan interesante.

Si encuentran a un fisioterapeuta que sea capaz de hacer faena, de despejar incógnitas de estos sistemas tan complejos, de dotar a estas personas de certeza y aportarles soluciones buenas en un medio plazo, estaremos ante un grandísimo profesional al que habría que preguntar qué opina sobre la conveniencia de ramificar la profesión hacia la geriatría. Son demasiadas las preguntas formuladas, y al final la sensación es que quien suele perder es el mayor. Sin embargo, a veces las cosas no salen como creemos, y el universo nos guarda excepciones. ¿Nunca os ha pasado que una tarde normal se convierte en una tarde memorable? A veces el equipo que formamos con el paciente geriátrico, con el mayor…. Pongámosle cada uno el nombre que queramos….

A veces el equipo que formamos con Rufo, con Adelina, con Marisa o con Angel, gana. Y cuando gana… ay cuando gana que buen fisioterapeuta te sientes!!!

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Mi Realidad

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Lo primero presentarme. Soy Carlos Junquera Pérez, Fisioterapeuta. Bienvenid@ a mi blog.

Esta primera entrada la destinaré a explicar “mi realidad”.

¿Por qué fisioterapia y no …?

Escribir este párrafo afila mis sentimientos, sinceramente. En el año 2002 se disputa el Mundial de Fútbol de Corea y Japón. Muchos recuerdan a Camacho sudoroso, a Ivan Helguera llorando o el corte de pelo de un renacido Ronaldo (el de verdad). Yo recuerdo una torcedura de tobillo bestial que me dejó en la estacada hasta Febrero del año siguiente. El Verano empezaba pero para mí estaba ya terminado. Desolación e impotencia invadían mi mente y me sentía desconsolado.

Gijón. Al día siguiente llega mi padre a casa, habla con mi madre y ella se da la vuelta y se dirige hacia mí con decisión: “Tenemos que ir a Orlando a las 11:30”. Mi tobillo, inflamado como nunca, y además de dolorido, castigado por un vendaje mal puesto en el centro de salud. Disestesias en mis dedos, y desanimo.

Orlando Merás, médico y fisioterapeuta, dirigía el centro de fisioterapia Merás desde hacía unos años. Yo le conocía de saludarle por la calle. En su despacho Orlando me explora y menciona posibles fracturas en algún hueso del tarso, pero me tranquiliza. Su rostro, optimista y socarrón como siempre, me transmite dos sensaciones claves para mí en aquel momento tan duro: todo está bajo control y recuperación completa.

Pronto iniciamos la rehabilitación, incluyendo unos divertidos ejercicios de propiocepción y carga de peso, en cuanto se pudo claro está. Recordaré aquel mes de Agosto y Septiembre por los largos paseos por la arena de la playa que me indicaba mi fisioterapeuta, y por las observaciones que realizaba en aquel centro de fisioterapia. Había un momento especial, que era cuando Orlando realizaba la terapia a un paciente con daño cerebral adquirido de unos 50 años. Posiblemente sería un tumor cerebral, un accidente de tráfico o un ictus quizás. Su esposa siempre le acompañaba y cuando le tocaba sesión el clima de serenidad e intensidad despertaba en mi cierta perplejidad e interés. El fisioterapeuta se movía ágilmente alrededor de la camilla y facilitaba los movimientos a un paciente que daba la sensación de estar esforzándose al máximo, de estar concienciado de que debía trabajar mucho. El rostro de Orlando, que hacía muecas mientras la concentración máxima le indicaba qué movimiento seguía, me inspiraba más respeto que cualquier traje, cualquier uniforme o cualquier despacho. Aquella camilla, aquel paciente y aquella intensidad despertaban en mí admiración y respeto por las tres personas que realizaban aquella sesión: el paciente, el fisioterapeuta y su esposa.

Fue aquel Verano de 2002 cuando decidí que yo quería formar parte de historias como la de aquel matrimonio, quería tener la confianza de personas que subitamente habían visto truncada su vida diaria y que luchaban por reengancharse con la normalidad. Aprendí que la intimidad de la camilla estrecha la confianza y fortalece la ilusión por mejorar. Allí las personas sacaban lo mejor de sí mismas. ¡Que grande! ¡Que profesión tan apasionante!

Es 2003 y mi decisión madurada ya no admite otro camino. Convivencias con mis compañeros del Colegio de la Inmaculada en Pedreña. Realizamos reflexión, conversación, meditación, relajación. Una noche experimentamos una actividad que no olvidaré jamás. Una sesión de relajación y reflexión individual en una sala a oscuras, con columnas y suelos fríos, y techos tan altos que ni existían. Aquello no era una habitación, era “la nada” y esto me permitió encontrar un motivo, el motivo de lo que yo quería construir como “mi realidad”.

Algunos narramos en alto nuestros pensamientos mientras había quienes lloraban por recuerdos, se callaban por vergüenza o escuchaban con atención. Yo hablaba de proyectarme por las noches en una burbuja, como en una pompa de jabón gigante. Sobrevolar la ciudad, y poder desde allí ver qué ocurría en las casas. Poder descubrir qué pensamientos y situaciones asolaban y preocupaban a las personas. Solo así podría ayudarles. Entrar en su casa sabiendo qué les ocurría, entenderles; entender a esas personas que nadie sabe que sufren porque aparentan normalidad. Mientras las palabras brotaban y resonaban en aquella oscuridad fría y acogedora al mismo tiempo, sonreía. Ardiente necesidad de que pasado el tiempo pudiera dar forma a esto en una realidad, mi realidad.

A los pocos meses, por consejo de Orlando me iba a Madrid a estudiar la doble titulación en Fisioterapia y Terapia Ocupacional. Allí conocí a mi actual esposa, Elena. ¿Se puede acaso influir más en la vida de una persona? Me hubiera encantado trabajar con él, y mi plan de ruta pasaba por pedirle un contrato o trabajar gratis. Lo que fuera con tal de estar a su lado y seguir su camino.

Al final, cada uno seguimos nuestro camino, y de Orlando solo puedo decir que nos dejó mucho antes de lo que debiera, en un “momento muy bueno a nivel profesional, muy pleno” según lo que él me dijo la última vez. En la camilla, no soy él, soy yo con mis aciertos y errores; y así debe ser. Pero me gusta pensar que en algún momento nos parecemos. No es ni bueno ni malo.

No pretendo que este blog sea una mera enciclopedia donde presentar temas interesantes y novedosos para que otros compañeros aprendais o contrastes conocimientos. Quiero plasmar mi experiencia clínica, ligada a mi manera de entender la vida. Por supuesto me basaré en la evidencia científica, soy un fisioterapeuta del siglo XXI y no puedo sino reconocer que todavía no estoy apenas bien equipado para acometer el camino que me queda por delante.

Esta es, por fortuna, MI REALIDAD.